# 7 (María Fernanda Gutiérrez)

El gato era de la señora de la ventana rota. Esa señora que salía cada mañana a tirar el polvo de su casa, ese polvo que bajaba en zigzag por el aire hasta desaparecer en la hierba del suelo. La ventana estaba rota porque una paloma se estrelló contra ella y nunca la arregló. Le decía a sus vecinas que era buena suerte, que quizás era su marido que había querido mandarle una señal. La telaraña de vidrio se expandía por toda la ventana, daba la impresión que cada vez que la abría la ventana uno de los pequeños trozos iba a desatar toda la cascada de materia transparente. Pero no. La ventana se había hecho extrañamente más sólida a partir de su quiebre. 

Esa misma señora era la que se asomaba los fines de semana a peinarse con el viento que se colaba a la casa. También cantaba y silbaba a los jóvenes que pasaban por ahí. No tenía nada que perder. Hasta que se le subió el gato al árbol. 

El árbol era esquelético. Un árbol que tenía más años que los edificios del barrio juntos. Con el paso del tiempo, muchas cosas fueron cayendo y fueron haciéndose parte de él, cada año tenía una decoración nueva, así como un árbol de navidad.

Una de sus ramas alcanzaba a rozar la cornisa de mi ventana. El viento dibujaba sombras sobre mis paredes en las noches, una rama delgada con pocas hojas que danzaban en la oscuridad. Pero no servía de nada, nadie podría subirse a ella sin caer al primer instante. 


Un señor alto se acercó al árbol con una escalera de madera con tan poca suerte que ni alcanzaba a subirse a la primera rama. Subió hasta el ultimo peldaño y se quedó un par de minutos antes de volver a bajar y regresar a su casa. 

Con poca puntería, algunos niños se asomaban por el balcón a dispararle agua con sus pistolas sin mucho éxito. Mi vecino lanzó un zapato que quedó enganchado en la copa del árbol.

Nadie se atrevió a llamar a los bomberos. Un gato en un árbol no era nada a comparación de la pandemia que se estaba viviendo hace unos días. Éramos conscientes de que cualquier urgencia diferente a la sanitaria pasaba automáticamente a segundo plano.

Como una gárgola, el gato se quedó en el árbol dos días y medio. Pasó a ser la entretención de cada día, más que la televisión. Los balcones se llenaron de cascabeles, de carteles coloridos hechos por niños, uno que otro adulto se asomaba a silbar o maullar a ver si era el salvador del felino. En la noche los punteros láser comenzaron a salir de diferentes lados a apuntar cerca al árbol, se movían por el tronco y por las ramas. Señalaban el camino para que el gato se devolviera a tierra firme. A la tercera mañana, el árbol amaneció con todos sus artilugios menos el gato.

La señora de la ventana rota lloraba silenciosamente detrás del cristal.

María Fernanda Gutiérrez (texto)

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Madrid, España

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