# 67 (María Pastor)

Hace semanas que hay una obra bajo mi balcón. No es que tenga nada en su contra, me he criado entre hormigón, ladrillo y pladur. El problema es que ese ruido taladrante me obliga a cerrar la ventana durante el día (el telecole no se gestiona solo). Cuando oscurece, el aire de mi habitación se ha vuelto denso, no sé qué ha pasado, pero no querría estar aquí si se torna en líquido, así que vuelvo a abrirlo todo y dejo que la noche se cuele en mi cuarto.

 

No sé si lo sabes, pero, si por casualidad te encontrases en medio del espacio y te acercases a un agujero negro, cruzarías el horizonte de sucesos, ese punto de no retorno, y la gravedad afectaría con más intensidad a la parte inferior de tu cuerpo que al resto, arrastrándote hacia el interior. Si consigues sobrevivir (nadie sabe con certeza qué hay más allá de ese vacío inmenso), serías el único espectador de sus adentros.

 

A veces, me asomo a la ventana y jugueteo con la idea de los agujeros negros, de una atracción inevitable, cruzarte el horizonte de sucesos, aunque al final siempre termino cayendo al vacío... o me salva un salto cuántico, y me resbalo como una lagrimita en tu mejilla bajo el sol, para encallarme en unos labios que solo dicen te quiero con la luz apagada.

 

Pero eso es solo a veces. La mayoría del tiempo miro al cielo y no veo nada. Miro, como si la verdad universal fuera a posarse, de un soplo de aire, en mi nariz. Miro, esperando la respuesta a una pregunta que no he hecho. No sé de qué me sorprendo cuando no pasa absolutamente nada; no sé por qué me emociona que amanezca todos los días.

María Pastor (foto + texto)

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