# 61 - 37

Ulises

San Julián

Cuando desperté, la pandemia seguía allí. [1]   

                                            

Por aquel entonces todos los guerreros habían vuelto a su hogar. Todos menos uno. El más inteligente de los aqueos, el más ingenioso de todos los dánaos: Odiseo[2] Rodríguez. Mi vecino del cuarto.

 

Cuando alguien me gusta muchísimo nunca le digo su nombre a nadie. Es como entregar una parte de esa persona[3]. Pero a ti lector te lo confieso. Ojalá mi mano no tiemble ahora cuando me dispongo a recordar los terribles sucesos[4] que condenaron su vida durante la cuarentena. ¡Odiosa epidemia, bajo cuyos efectos está despoblada la morada castellana, mientras el negro Hades se enriquece entre suspiros y lamentos! [5]

 

Odiseo, era un viejo que vivía solo en su piso, y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un resfriado[6]. Llegó años ha de un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme[7]. Pongamos que llegó a Madrid[8]. Pongamos que al otro lado de mi pared.

 

Odiseo vestía de un modo cómodo y razonable. La gorra de cazador le protegía de los enfriamientos de cabeza. Los voluminosos pantalones de tweed eran muy duraderos y le permitían una locomoción inusitadamente libre[9]. Parecía invencible, como si nunca fuera a morirse. Había llegado a envejecer tanto que no tenía sentido que muriera[10].

 

El jueves antes del confinamiento nos encontramos en el portal junto al ascensor. Me miró muy serio:

— Buenos días joven. Vivimos el mejor de los tiempos, y el peor de los tiempos. [11]

— ¿Usted cree?

— La plaga no está hecha a la medida del hombre, por eso nos decimos que es irreal, un mal sueño que tiene que pasar[12]. Y los sueños, muchacho, sueños son.[13]

— El mundo está cambiado… lo noto en el agua, lo siento en la tierra, lo huelo en el aire.[14]

— Supongo que sí. Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas. [15]

Odiseo abrió el ascensor con una mueca de orgullo y me invitó a entrar.

 

— Ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema[16] – dijo riendo.

 

Me gustaba aquel hombre. Bajamos hablando de fútbol y nos despedimos en la calle. Sin embargo, la vida pasa muy rápido y no lo volví a ver en unos días. Ni a pensar en él.

 

El martes siguiente, sin embargo, cuando se despertó después de un sueño intranquilo, Odiseo se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso enfermo[17].

 

Esa tarde durante los aplausos salió a duras penas y me lo confesó:

 

— Algo me ha sucedido, muchacho, no puedo seguir dudándolo[18].

— ¿Está bien? ¿Tiene fiebre?

 

El viejo negó con la cabeza. Tosió y palpó su frente ardiendo:

 

— Nada. 37. Lo esencial es invisible a los ojos[19], me dijo.

 

Yo me aparté levemente. Es mejor mirar el cielo que vivir en él[20]. La vida no es más que una olimpiada de muertos[21]. Mejor no tensar la cuerda. Odiseo leyó el miedo en mis ojos. Sonrió y se metió en su casa.

 

Al día siguiente no salió a aplaudir. Volverá, pensé. Pero no volvió. Ni al día siguiente. Ni al otro. Perdí la esperanza. Lo que solo ocurre una vez es como si no ocurriera nunca[22]. Yo quise olvidar. Y puse un muro de piedra entre su casa y la mía[23].

 

Dos días después, me fijé que alguien había pasado un papel por debajo de mi puerta. Al abrirlo leí: “Comprendo CÓMO, no comprendo POR QUÉ”[24]. Sostuve el papel un rato hasta que lo guardé en el bolsillo.

 

Pasó el domingo. No dejé de pensar en él. A veces sacaba el papel del bolsillo y volvía a leerlo. ¿Tenía que darle respuesta? ¿O era solamente un mensaje de auxilio? Me estaba volviendo loco. ¿Y si toda la humanidad compartía una locura común y se hallaba inmersa en una ilusión común mientras vivía en un caos común? [25]. A veces acercaba mi oído a la pared y le escuchaba andando por el pasillo. Otra le oía toser. A veces nada. No me gusta, pensé. Era martes. Otro martes. En un arranque de locura salí al rellano y golpeé su puerta.

— ¡Oiga!

 

Tras un minuto de espera se escuchó su voz:

 

— ¿Qué ocurre?

 

— ¿Sigue vivo?

 

— Nada importa morir, muchacho… pero no vivir es horrible.[26]

 

— Señor, no me gusta cuando calla, porque estás como ausente.[27]

 

— No se preocupe muchacho... ¿Me compraría pan? —Dijo mientras empezaba a toser de manera violenta— Lo siento chico. Toser o no toser, esa es la cuestión[28]— dijo riendo.

 

— Claro que sí, ahora mismo subo.

 

Cuando volví al cuarto, Odiseo se había puesto una americana y un sombrero. Me quedé quieto, como desubicado, con las barras de pan en la mano. Odiseo se acicalaba sacando las llaves

 

— Vámonos.

 

— No podemos.

— ¿Por qué? –dijo girándose hacia mí—.

 

— Esperamos al Gobierno. El estado de alarma, ¿recuerda?

 

— Es cierto[29].

 

Odiseo despertó como de un sueño y se dio la vuelta. De pronto empezó a reír con fuerza. Extrañado, pero con alivio, le pasé la bolsa del pan.

 

— Gracias, hijo —dijo el viejo sujetando el pan y sonriendo muy agradecido—. Ignoro lo que pueda venir, pero lo que venga, lo recibiré riendo[30].

Me guiñó el ojo y cerró la puerta. Todo se reduce a una simple elección, empeñarse en vivir o empeñarse en morir[31]. Y ahí estaba el viejo. Pidiendo pan. Y, sin embargo, ¿estaba Odiseo perdiendo la razón?

Me metí en casa y me preparé un té. Había comprado unas magdalenas, así que me dispuse a merendar, como cuando era un crío. Miré por la ventana. Sí. También a los de fuera se les esfumará pronto el televisor, o el vaso que quieren beber, o el dinero que tienen en la mano… O un ser querido… Y seguirán creyendo, sin embargo, en su confortable sistema[32]. Me senté en la mesa, y me dispuse a mojar la magdalena en silencio. Es curioso, uno cierra los ojos y el mundo desaparece [33]. Pero justo en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí.[34] Un sonido seco, como de algo que se desploma, se escuchó al otro lado de la pared.

 

Grité su nombre. Nadie respondió. Debí morir un poco. No podía respirar y se me detuvo el pulso. [35]

 

Muchos minutos después, frente a la ambulancia del Samur que le vino a recoger, Odiseo Rodríguez, entubado y, sin apenas oxígeno, recordó de pronto la mañana en la que su padre le llevó a conocer el hielo.[36].

Pero eso es otra historia, y será contado en otra ocasión. [37]

Ulises San Julián (texto)

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Referencias:

[1] “El dinosaurio”, Augusto Monterroso

[2] “La Odisea”, Homero

[3] “El retrato de Dorian Grey”, Oscar Wilde

[4] “El nombre de la Rosa”, Umberto Eco

[5] “Edipo Rey”, Sófocles

[6] “El viejo y el mar”, Ernest Hemingway

[7] “Don Quijote de la Mancha”, Miguel de Cervantes

[8] “Pongamos que hablo de Madrid”, Joaquín Sabina

[9] “La conjura de los necios”, John K. Toole

[10] “La senda de los perdedores”, Charles Bukowski

[11] “Historia de dos ciudades”, Charles Dickens

[12] “La peste”, Albert Camus

[13] “La Vida es sueño”, Calderón de la Barca

[14] “El señor de los anillos”, J.R Tolkien

[15] “La tregua”, Mario Benedetti

[16] “Ulyses”, James Joyce

[17] “La Metamorfosis”, Franz Kafka

[18] “La nausea”, Jean P. Sartre

[19] “El Principito”, A. Saint-Exupery

[20] “Desayuno con diamanentes”, Truman Capote

[21] “Ciclo de las Resurecciones”, Angélica Lidell

[22] “La insoportable levedad del ser”, Milan Kundera

[23] “Bodas de sangre”, Federico G. Lorca

[24] “1984”, George Orwell

[25] “Hacia los límites de la Fundación”, Isaac Asimov

[26] “Los miserables”, Victor Hugo

[27] “20 poemas de amor y una canción desesperada”, Pablo Neruda

[28] “Hamlet”, W. Shakespeare

[29] “Esperando a Godot”, Samuel Beckeet

[30] “Moby Dick”, Herman Melville

[31] “Rita Hayworth y la redención de Shawshank”, Stephen King

[32] “La Fundación”, A. Buero Vallejo

[33] “Mafalda”, Quino

[34]  “El camino de Swan”, Marcel Proust

[35] “La casa de los espíritus”, Isabela Allende

[36] “Cien años de soledad”, G. García Márquez

[37] “La Historia Interminable”, Michael Ende

Madrid, España

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