# 49

(Paola

Borghesi)

Cárcel de mantequilla

Barcelona, España

La ciudad está en pausa.

Toda actividad humana está suspendida. Vivimos en una burbuja de jabón que va subiendo lentamente en el aire, flotando, y que con toda seguridad se va a disolver de un momento a otro, dejándonos caer con el culo al suelo.
 

Así, igual que Willy el Coyote cuando está persiguiendo al Correcaminos por los cañones, y se da cuenta de repente de que se la ha acabado la tierra bajo sus pies.

 

Un estado de parálisis irreal. Y, sin embargo, el sol sigue volviendo a aparecer cada día, como si nada. Desde las 11:30 aproximadamente hasta las 3 de la tarde, la luz se asoma por mis puertas ventanas, golpeando la fachada de mi piso y dejándose cortar como mantequilla por las rejas del balcón, dibujando con ellas en el suelo unas barras negras que, con mucho acierto, me recuerdan a las de una cárcel.

Al sol, lo de nuestra cuarentena, le da igual. A las nubes que a veces nos tapan de su calor, también.

A los plataneros fuera de mis ventanas y a sus copas frondosas, cargadas de nuevas relucientes hojas y cuyo polen ya lleva por lo menos dos semanas fastidiándome, les da igual nuestro distanciamiento social.

Al polen mismo le da igual también, por cierto.

 

A la naturaleza entera le da igual.

 

Y no sólo: les da igual también a los coches aparcados en la calle, a las persianas bajadas de los comercios, a mi bicicleta plegada en la entrada, con los neumáticos ya desinflados después de un mes sin salir a correr a toda pastilla por la ciudad.

 

Sorprendentemente y en contra de toda lógica, pensar que solo seamos los seres humanos los que están viviendo este mal viaje digno de una droga sintética barata tomada en el baño químico de algún festival de verano, me provoca una gran paz. Me alivia.

 

La primavera está avanzando cada día hacia su máximo esplendor – a pesar de que me cueste verla pues las vistas desde un primer piso son limitadas. Los pájaros se escuchan más fuerte que nunca (¿será que el ruido del tráfico ya no cubre su cantar, o es que realmente están muy excitados por nuestra ausencia?) (Pues no, ¿recuerdas? El tema es que también a los pájaros les da igual).

 

La semana pasada asistí a una escena de cortejo entre dos palomos que me enterneció el corazón – vale, no es lo mismo que ir a la Patagonia a hacer ​bird watching​ o asistir al apareamiento de otras aves más majestuosas, yo que sé, cisnes, flamencos, pavos reales – pero vivo en el medio de una metrópolis y es lo que hay.

 

Hace un par de días, tomando el café en el balcón durante mi pausa-fotosíntesis (ya noto los daños neurológicos causados por la carencia de vitamina D y tengo que aprovechar la poca luz directa que me llega) incluso sufrí el ataque de un abejorro, o algún otro bicho volador enorme no determinado, cuyo zumbido en la oreja me mandó en el pánico por unos cuantos segundos.

 

Todos estos episodios me recuerdan constantemente que el mundo, con o sin nuestra especie moviéndose en él, sigue para adelante.

 

Y esto -que te lo creas o no- es el pensamiento al que me aferro durante estas semanas, y que inexplicablemente me salva de ahogarme, cuando percibo que la angustia me está sumergiendo en sus profundas aguas negras.

Paola Borghesi (foto + texto)

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