# 48

(Emilio Martínez-Borso)

La ventana de mi madre

Barcelona, España

Qué significado puede tener una ventana para alguien. Hay de todo. Ventanas que simbolizan la libertad que un preso anhela, el deseo de salir a jugar de un niño haciendo los deberes en verano, la fantasía de volver a ver cada día una figura sensual, de un vecino voyeur... tantos significados como ventanas.

Para mí, significa un acercamiento. Un acercamiento emocional que he descubierto este último mes. No hay mal que por bien no venga se suele decir. La ventana de casa de mi madre me ha acercado a la realidad... y a ella. Si algo (entre lo mucho) estoy aprendiendo durante este tiempo irreal es que la prisa y nuestra percepción de la pérdida de tiempo es tan absurda como la angustia que te sobreviene sin venir a cuento cuando paras máquinas y bajas del mundo unos instantes para hacer algo tan necesario y cotidiano como mirar por la ventana. Ya sea al cielo, al suelo, las nubes, el sol o la lluvia.

En una época de rapidez, de inmediatez... es irónico que una ventana por la que ver el mundo sea lo que te devuelve al mundo real. Un anclaje, un recordatorio.

Obcecado y enfocado de mantener activa y estimulada a mi madre, persona dependiente, demasiado, de su novio alemán que ella a veces, cuando se acuerda, lo llama por ese nombre, durante estos días en que su rutina se ha visto triste e injustamente alterada por algo que no comprende, y/o que olvida, su ventana se ha convertido en un punto de inflexión. Un oasis dentro de sus actividades. Un Shangri-La de la evasión. Por esa ventana observamos al mundo y la gente que lo compone. Observamos al padre que pacientemente pasea a su pequeño en una moto de juguete por el suelo de su terraza, a la chica que fuma un cigarrillo pensando en lo que solo ella sabe, a la pareja de mayores que nos devuelven el saludo cada día.


Observamos a la familia que pone la mesa para comer y a la que tiende las sábanas día sí y día también (¡cuánta sábana!), el que corre en la azotea, o la pareja que sube a por su dosis de Vitamina D.


En esa ventana observamos sobretodo a las monjas y su jardín. La residencia que tiene delante de su patio interior, es un santuario de plantas en medio del eixample barcelonés.


Cada día salimos a que nos dé el aire, y cada día me explica que ese monasterio fue ocupado por los republicanos durante la guerra. Del mismo modo que cada día me entero por primera vez que la vecina de abajo, la del primero, está de obras. Y cada día aprendo que a las ocho de la tarde, a través de esa ventana, ella aplaude como hacen muchos otros en ese patio interior. Y cada día me pregunta si por mi casa también se aplaude.

Esa ventana es una grieta en el tiempo. Cuando salimos, el tiempo se detiene. Es una pausa en la diaria tarea que mis hermanas y yo llevamos a cabo para que ella siga conectada y con nosotros. Un bálsamo que nos da una tregua. Un descanso entre rounds. Lo justo para tomar aire, beber y volver al combate.

 

Pero esa ventana tiene algo que nunca hubiera esperado y que será el recuerdo de (al menos uno de nosotros dos lo tendrá) esta época. Una ventana en la que el mundo se detenía. Las prisas, razones, conflictos y realidades se quedaban dentro porque, asomados, tan solo estaban una madre y su hijo, charlando de todo y de nada. Dejando atrás todo lo demás, volviendo a una costumbre que hacía mucho, que (esta vez yo) no recordaba. El hablar de nada con tu madre. El estar los dos juntos, compartiendo un rato. Conociéndose de nuevo cada día.

Emilio Martínez-Borso (foto + texto)

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