# 42 (Mario Carballeira)

No hace tanto de aquel día. Aproximadamente un par de semanas, si es que aún soy capaz de estimar bien el transcurso del tiempo. Es difícil, dadas las circunstancias.

Había empezado como cualquier otro día. Sonó la alarma. Fui al baño. Luego a la cocina, donde me preparé un café. Como siempre. Era temprano y la luz del nuevo día entraba por la ventana con la misma falta de cafeína que tenía yo. Quizá por eso miré a mi balcón con otros ojos. Unos ojos que aún guardaban algo de ese estado de vigilia en el que cuesta distinguir la realidad del sueño.

 

Sea como fuere, me pareció que mi balcón era más grande de lo habitual. No había elegido el piso por aquel espacio exterior. De hecho, nunca he sido muy entusiasta de los espacios abiertos. Aquel balconcillo era útil para sacar y secar la ropa. Esa era su función y nada más. Pero con aquellas luces y sombras tempranas, me pareció demasiado amplio. Lo justo para que sólo pudiera pensar en lo vacío que estaba. Me pareció un vacío desordenado. Podía ver más allá del balcón, en el caos del exterior lleno de coches que llegan tarde a trabajar. Decidí comprar algo para  bloquear esa visión.

 

***

 

Vivimos en un mundo maravilloso. No hace falta salir a ningún lado para comprar. No hay que ir al trabajo, porque se puede hacer desde casa. Bueno, no todo el mundo, pero al menos yo sí que puedo. Recuerdo regodearme en ello mientras compraba una maceta para la terraza. Encontré una perfecta. Rectangular. De 30 x 48.3cm. La proporción áurea. Para rellenarla compré también un saco de tierra y una planta. De plástico, claro. Pensar en regar, abonar o tratar posibles bichitos me producía un pequeño desasosiego que no merecía la pena. Y sin mayor esfuerzo, un par de días después, recibí todo en mi casa.

 

Salí al balcón a colocarlo todo y confirmé mi impresión de que aquel balcón parecía más grande que al principio, pero a veces la mente nos juega malas pasadas. Estaba enterrando la planta de plástico en la tierra cuando oí una voz en mi salón. Entré, casi seguro de que era mi Google Home, pero no llegué a tiempo de saber qué decía. Estaba dando media vuelta cuando lo oí claramente.

 

—Has dicho «coge algo de comida y un cuaderno».

 

Dudé unos momentos, pero la única explicación posible era que el aparato no funcionaba correctamente. Entonces sí, me di media vuelta y volví a seguir enterrando la planta. No lo hice sin volver a notar que la terraza era demasiado grande. Al entrar la primera vez, ¿había dado también  dos  pasos  hasta  llegar  al  otro  extremo?

 

*  *  *

Esa misma tarde me puse a reordenar los libros de la estantería. Es algo que hago en ocasiones para relajarme. Algo parecido a lo que hacía Rob Gordon en Alta fidelidad. Los reordeno por orden alfabético, por orden cronológico de compra o de lectura… En esta ocasión tocaba por colores. En un momento de descanso miré por la ventana y vi la planta. Seguía faltándole algo. Más tarde navegué por internet en busca de algo que llenara aquel vacío. No lo encontré, pero acabé comprando una figurita de cerámica de un caracol con una casa a cuestas en lugar de la caracola. Fue compulsivo e innecesario, lo reconozco. Pero de algún modo me hizo sentir mejor.

Llegó al día siguiente. Lo desempaqueté y salí a colocarlo a  los  pies  de  la  falsa  planta. ¿ Había   dado   tres   pasos   para   llegar   hasta   el   otro   extremo ?

Coloqué el caracol y di un paso atrás para observar cómo quedaba. No recordaba que el saco de tierra estaba en el suelo y tropecé con él. Amortigüé la caída rodando.

 

¿Rodando?

Tardé un poco en orientarme.

 

¿Me había golpeado la cabeza?

 

La terraza no era tan grande. Estaba desorientado. No tenía claro dónde estaba

la derecha

y dónde

la izquierda.

 

Comprobé que no sangraba por la cabeza y me puse en pie. La puerta de entrada al salón estaba a varios metros. Me dirigí hacia ella, pero no parecía acercarse. Al contrario, parecía alejarse cada vez más.

 

Aceleré el paso y conseguí que se mantuviera a la misma distancia. Pero eso no iba a ser suficiente.

 

Aceleré aún más. Habrá quien no esté de acuerdo conmigo, pero no suelo hacer mucho ejercicio y para mí aquello era esprintar.

 

Llegué al salón con el corazón desbocado. Hacía tiempo que no me fatigaba tanto. Pensé que igual debería comprarme una bici estática o algo. Me giré y miré hacia el balcón. Desde ahí dentro dudaba de si aquello había pasado. Se veía tranquilo silencioso y casi diría que normal. Pero yo sabía que no era así. Lo sabía, sobre todo, porque mi salón se veía más pequeño.

 

Pasé el resto del día pensando en aquella experiencia. No había sentido miedo. No había tenido tiempo de sentirlo. Pero ahora, dentro de casa, sí que lo tenía. Decidí no volver a salir al balcón. Yo me iba a quedar en casa. Era una decisión firme. E ingenua.

 

*      *      *

 

El día siguiente amaneció nublado. Iba a necesitar más cafeína de la habitual. Fui al baño. Luego a la cocina, donde me preparé un café. Como siempre. Y cuando quise entrar en el salón, no pude.

Estaba todo comprimido. Apenas podía entrar en él. Fue entonces cuando supe que no iba a poder cumplir mi decisión del día anterior. Quedarme dentro podía haber servido durante un tiempo. Pero no era una solución sostenible.

Tenía que ser la planta.

 

Me bebí el café de un trago. Fui a la cocina y cogí el cuchillo más grande que tenía. Y me detuve antes de salir. No iba a alcanzar la planta en un par de pasos.

 

Envolví el cuchillo en un paño y lo guardé en una mochila. Se veía muy vacía. También metí unos frutos secos, una manzana y una cantimplora. Luego fui a la habitación y completé los víveres con un bolígrafo y un cuaderno. El cuaderno en el que escribo estas palabras.

 

Respiré hondo un par de veces antes de salir. Luego, no sé por qué, crucé el umbral conteniendo la respiración. Me giré para ver mi querido salón una vez más. Era tan pequeño que podía alcanzar el otro extremo desde ahí. Metí el brazo, y me demostré equivocado. No llegaba hasta el otro lado. La visión era completamente distorsionada.

 

P   s         i       c     o   d é   l     i       c         a   .

 

Me pregunté si el sonido se distorsionaría igual y decidí comprobarlo.

 

—Ey, Google. Repite conmigo.

 

Un ruido tras de mí me interrumpió y no terminé la orden. Me giré y no vi nada… normal. La planta parecía estar a varios kilómetros. Pero aún así podía apreciar que una de las hojas había caído al suelo. Pensé varias cosas en un instante. Lo primero, que a las plantas de plástico no se le caen las hojas. Lo segundo, que, si lo hicieran, no provocarían el estruendo que acababa de oír. Sobre las distancias no pensé nada. De nuevo me dirigí a mi altavoz para comprobar si funcionaba. Dije lo primero que se me pasó por la cabeza.

 

—Ey, Google. Repite conmigo. Coge algo de comida. Y un cuaderno.

 

No oí la respuesta.

 

*         *         *

 

He perdido la noción de cuánto he caminado. Recuerdo que, al empezar, la planta estaba en el horizonte. Ahora no lo está. Creo. Parecen un par de kilómetros, lo que podría recorrer en media hora. Pero aquí las cosas no son tan sencillas. Lo que es un rato puede acabar siendo un día. Lo que un día, unas semanas. Y un par de semanas, quién sabe… ¿Mes y medio?

 

La planta parece gigantesca. Si las proporciones se mantuvieran diría que tiene kilómetros de alto. Pero dudo que se mantengan. Parece estar enferma. Tiene algunas hojas ennegrecidas. Y bichitos sobre ellas. ¿Chinchilla? Nunca he sabido mucho de plantas. Pero mirando a esos seres de verdad que deseo que las proporciones no se mantengan.

 

El sol está cayendo ya y no sé cuánto tiempo de luz me queda. Quizá un par de días. He decidido usar este cuaderno como diario por si algún día yo no estoy y alguien lo encuentra. No sé cuánto de lo que veo es real si es que algo lo es. Me he acostumbrado a la variabilidad de las distancias y al comportamiento de la planta y esas cosas ya no llaman mi atención. Pero por el camino he visto una pintada en el suelo. Ponía «¡¡¡¡tranquilo!!!». No sé si me ha parecido más surrealista encontrar una pintada en el suelo de mi balcón o que tuviera cuatro exclamaciones de apertura y tres de cierre.

Estoy agotado y he decidido dormir. Pero tengo miedo de los animales. ¿Habrá animales aquí? ¿Insectos tal vez? ¿De qué tamaño? Es tanto lo que desconozco… He orinado a mi alrededor por si eso aleja a lo que sea que pudiera venir a por mí mientras duermo. Mientras lo hacía, recordaba aquella letanía de Dune. Bueno, no he recordado las palabras, pero sí la esencia. No dejas de estar asustado intentando no entrar en pánico. Lo consigues dejándote entrar en pánico y entendiendo que es una experiencia transitoria. Por primera vez siento que lo entiendo de verdad. Esta noche es transitoria y esta excursión, espero, también.

 

*      *      *

 

No sé cuánto tiempo he dormido. Y no tengo café. Pero estoy vivo. Por ahora me vale con eso.

 

*     *     *

 

Llevo todo el día caminando y la planta parece estar aquí al lado. Ya no parece kilométrica, pero sigue siendo bastante grande. Si esos bichos son agresivos, tendré que usar el cuchillo.

No esperaba aprender esto en este viaje y no voy a dar muchos detalles, pero desde hoy voy a apreciar el valor del papel higiénico como no lo había hecho antes.

 

*    *    *

 

Tengo hambre. Hace tiempo que me acabé los frutos secos y, por supuesto, la manzana. Tenía el menú de la semana colgado en mi nevera, listo para tan solo tener que calentarlo en el microondas. No sé cuánto tiempo llevo aquí o, si la pregunta tiene sentido, cuánto tiempo ha pasado en mi nevera. Pero estoy convencido de que se me ha descuadrado el menú. Y me da igual. Yo sólo quiero comer. Cualquier cosa.

 

*   *   *

 

Se ha puesto a llover. Pero como todo lo que hay aquí fuera, no es normal. En primer lugar, se oye pixelado. Por momentos dudo si es lluvia o aplausos de una muchedumbre invisible. En segundo lugar, no moja. El papel en el que escribo se mantiene seco. Afortunadamente, sí llena la cantimplora, a la que he quitado el tapón. Doy gracias al cielo por la lluvia.

 

*  *  *

 

He llegado hasta la planta. Cuanto más me acercaba, más pequeña se hacía. Cuando estaba a tan solo unos pasos aparentaba unos 3 ó 4 metros. La maceta me llegaba a la altura del pecho. Los bichos se han girado hacia mí haciendo un ruido desagradable. He sacado el cuchillo al tiempo que se abalanzaban sobre mí como gatos rabiosos. No sé nada de esgrima, así que lo he movido al aire como si estuviera batiendo un huevo gigante. Pero no ha servido de nada, porque según recorrían la distancia que nos separaba, reducían su tamaño más y más. Se han posado sobre mi cuerpo siendo más pequeños que una hormiga. Me he bloqueado varios segundos intentando eliminarles con el cuchillo. Al final mi mente ha ganado la batalla y me los he quitado de encima con el agua de la cantimplora. Hubiera usado jabón también, pero no tengo, así que me he conformado con pisarlos.

 

Desde debajo del charco que se ha creado ha aparecido una raíz de la planta resquebrajando el suelo y lo ha absorbido todo. A continuación, de algunas de sus ramas han crecido manzanas. Mi yo de hace unos días habría analizado lentamente las propiedades nutritivas de un fruto nacido de una planta de plástico. Pero en esta experiencia he aprendido a lidiar con lo imprevisible y a aceptar los regalos que recibo. Todo cambia continuamente a mi alrededor y no sé cómo va a cambiar a continuación. Yo también he cambiado y lo seguiré haciendo. Además, tenía mucha hambre.

 

* * *

He decidido no cortar la planta. Ahora mismo no parece correcto. Escribo estas líneas mientras me como una de sus manzanas recostado en la maceta tomando el sol. Me gustaría pensar que si alguien lee esto alguna vez es porque se lo he dado yo y no porque lo ha encontrado en algún sitio. Me gustaría pensar que tengo tiempo de vivir con lo que he aprendido en este viaje.

 

Me voy a echar una siesta mientras pienso en el camino de vuelta al salón. No sé si será fácil. Sólo tengo una cosa clara.

 

Resistiré.

 

***

Mario Carballeira (texto)

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