# 41   

(Begoña Santander González)

En realidad, no es una ventana. Son las manos de una anciana cosiendo puntada a puntada los visillos; es la voz cantarina de una mujer que sale a regar los geranios, rociándolos con una mano, mientras que con la otra sujeta un cubo, es ella misma escogiendo la tela para hacer una cortina que proteja de las moscas en agosto.

No es una ventana. Es la ventana de la casa de enfrente y el gato que se cuela entre los barrotes y el olor a caldo que se escapa por la piedra sombría.

En realidad, no es una ventana. A veces fue un juguetero, cuando correteaban niños por la casa o un espejo de adolescencias perpetuas. Podía ser una despensa cuando llegaba el panadero o cuando alguien dejaba huevos y calabacines.

Nunca fue solo una ventana. Pudo ser puerta, fue, incluso, muro. Pero sobre todo fue él. Él que tocaba el cristal para llamarla, él que asomaba sus ojos negros, él que extendía una mano hasta el otro lado del alféizar. Fue él y su mundo de ventanas que se abrían y cerraban.

Begoña Santander González (foto y texto)

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Valle de Finolledo, León, España

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