# 38 (Rober Sinté)

Solía atisbar entre la rendija de las cortinas cuando necesitaba abrir la ventana. Incluso pasando como pasaba tan poco tiempo en casa, no le gustaba tener que toparse con alguien en los balcones del edificio frente al suyo. Apenas ventilar el cuarto, asomarse para calcular cuánto tardaría en llover esta vez o dejar entrar unas líneas de luz que dibujaran el polvo en el aire era suficiente un par de veces al día. Pero, eso sí, debía hacerlo sin que nadie lo viera, no fuese a ser que lo identificaran como persona y lo vieran vivir su vida en ese pequeño apartamento. Sabía que le daba demasiada importancia porque, al fin y al cabo, ¿quién se va a interesar lo más mínimo por lo que ocurre detrás de esos cristales de ese otro edificio?

 

Tres semanas mirando por los mismos cristales dan para mucho. Entre letras de Niccolò Fabi ahora y Extremoduro después igual se pasaba la fregona que se cocía unas verduras; luego con acordes de Oskar Schuster se leía una novela, un diario de viajes o un tutorial de qué sé yo. Le salían planes y le asaltaba la inspiración. Dejaba de escuchar y escribía, dejaba de escribir y leía, dejaba de leer y empezaba otra tarea. Y se le hacían cortas las noches pensando en todas esas cosas que le quedaban por hacer en todas esas horas que iban pasando irremediablemente. No había reloj, no había horario, no había rutina. La rutina ya era nueva, los planes eran otros y el reloj unas voces ajenas. El día y la noche simplemente se sucedían, pero unas veces los comenzaba antes y otras después.

 

Un día ya no había ruido. Una burbuja había surgido alrededor de él y no parecía existir nada más. De pronto todas esas ventanas al otro lado se antojaban interesantes. De pronto todas escondían vida y escondían vidas, todas distintas. Ya no atisbaba por la rendija, sino que abría de par en par, se asomaba, escudriñando entre los cristales, intentando vislumbrar entre reflejo y reflejo una silueta, una cabeza o unas manos. Caras frente a pantallas, pantallas encendidas y dedos toqueteando pantallas. Perdió interés enseguida. La excitación había sido fugaz y efímera y la decepción sorprendentemente grande. Las ventanas no eran ventanas donde una vez hubo ventanas. Las ventanas eran otras y ya no daban hacia fuera. El mundo de ahí afuera se había evaporado, sólo existía a través de una pantalla. Trató de recordar por un instante. –No veo tanta diferencia– pensó.

 

Se encogió de hombros y cerró las cortinas.

Rober Sinté (foto + texto)

Manchester, Reino Unido

© 2020 (días de confinamiento)

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