# 36

Texto:

Joan Ramis

Imagen gráfica:

Peti Collage

Cinco años de naftalina

Se separó de la ventana. Se miró la camisa. Se deseó lo peor.

Se había manchado el traje de los domingos. Sacrilegio imperdonable donde los haya.

 

Arrugó su frente en un mohín de disgusto, una transmutación a shar pei que siempre se quedaba a medias. Blasfemó por lo bajini; la cabeza gacha mientras se sacudía el polvo de la ropa. Maldijo todo cuanto sabía en un susurro que sólo escuchó el botón superior de la camisa. No es para tanto, diría el botón de poder hablar. Este viejo exagera. Sólo es un poco de suciedad. Un churrete ridículo, ya ves tú. Una pizca de mugre, un rastro de roña, unas dosis de pringue que mal no le viene al colega, pues procede de ahí fuera: del mundo extramuros, de la existencia colindante, de la realidad que se desarrolla más allá del cristal.

 

Todo esto diría y pensaría el botón, que ya puestos a concederle facultades intelectuales, desearía salir a la calle para que el sol se reflejara en sus contornos. Pero no. El traje del que colgaba llevaba una eternidad despidiendo un hedor a naftalina insoportable, condenado al ostracismo del armario. Endomingarse era una costumbre que se practicaba en la sofocante intimidad del hogar.

 

Mas el botón no pensaba, no decía, no nada. El botón se limitaba a pender de la camisa, a ser abrochado en caso de requerirlo. Hasta ahí sus funciones. El que pensaba era su dueño, que pasó un trapo por el alféizar antes de acodarse de nuevo en él. Tuvo que subirse el ala del sombrero bogardiano para escudriñar a través de sus prismáticos. Se los compró en 1982, cuando su afición ornitológica le hacía perderse por la sierra, donde avistaba especies volátiles de variado plumaje, capaz como era de discernir el trino de cualquier bicho picudo.

 

Se embutía en aquel traje desfasado cuando llegaba la cima semanal. ¿Reparaba en el olor? Ni por asomo. Se enfundaba en su tejido porque pertenecía a esa rutina. Una automatización de los hábitos que también ejercía con el calendario. ¿Se daba cuenta del año en que vivía? Ni de broma, qué iba a saber. Pasaba sus hojas cada cuatro domingos. No le interesaba el mundo; ocupaba sus quehaceres en estar en la inopia. Un estar que sobrellevaba con férrea testarudez, anquilosado en un pretérito de cuarentena que había pasado a la historia, pero que él respetaba a pies juntillas porque – fíate tú de los políticos – el virus podía seguir campando a sus anchas. Había pasado un lustro desde que aquel verano en que la población se reincorporó a sus tareas, pero su almanaque desmentía la realidad: estaban a junio de 2020. Para él era junio de 2020, puñeta. Y a callar. El planeta había dado cinco vueltas al sol, las mismas vueltas que sus manos ajadas le habían dado al calendario.

 

Era la tarde de un domingo, un domingo sofocante en el que se paralizó el aire. Hizo hueco con el dedo entre el cuello de la camisa y su nuez. Le estrangulaba la corbata, ni que quisiera ahorcarse. Para presumir hay que sufrir, dicen. Para morir hay que hacer otras cosas. Anudar su corbata a la viga del techo y soltar alguna letanía, por ejemplo. Pero él no quería morir. Todo lo contrario. Quería sobrevivir a ese maldito virus que, según él, se acomodaba por las calles de Madrid como en su día hiciera la Movida. Se abanicaba con el sombrero al tiempo que su otra mano sostenía los anteojos. La calvicie iba barriendo su exigua pelambrera como el mar le come terreno a la arena; la demencia hacía lo propio con su cordura. Sus ojos escrutaban a través de los prismáticos, ansiosos por dar con su presa. El cielo de Madrid sólo era surcado por bandadas de palomas y gorriones. Alados por los que no sentía simpatía alguna, pues adornaban su alféizar con una pátina de mierda que – tiempo mediante – se tornaba sustancia reseca. Los insultos que escuchó el botón irían dedicados, con toda probabilidad, a las aves que poblaban la metrópoli. En ellos se ciscaba cuando se tiznaba la vestimenta con sus excrementos, como acababa de pasarle. Aunque también vertía lindezas sobre todo aquel que pululase por la calle. Los prismáticos que sujetaban sus manos cumplían cuarentaitrés años – treintaiocho según sus cuentas –, y ya no sentían apego hacia el rastreo de pájaros. Ahora preferían perseguir a los incautos que paseaban por Madrid como si tal cosa, como si el virus no les fuese a morder. Como ese grupo de chicas que en aquel momento saldría a divertirse, a tomar algo, a vivir sin olvidar las precauciones que debían seguir extremando. La ciudadanía podía reanudar su vida. Eso sí: debía protegerse con la mascarilla, la visera, la redecilla, el casco, la escafandra, el disfraz de lo que fuese. Esas eran las reglas del Gobierno, que cinco años atrás decretó un carnaval constante, instalados en un Halloween interminable que ya duraba hasta 2025. Pero no para él. Era junio de 2020.

– ¡Payasas! –gritó– ¡Locas del demonio!

 

Su cainismo se estampó contra la indiferencia de las chicas. La dentadura postiza se estrelló contra el suelo de la acera. Observó sus incisivos y sus muelas desde la ventana, de arriba abajo. Sapos y culebras brotaron de su boca desdentada; el botón podría desvelar la retahíla de improperios que lanzó, aunque no entendió la mitad de lo que dijo por falta de dicción. Tañeron las campanas de la iglesia. Las chicas aplaudieron con un atisbo de sonrisa en su rostro. Le miraban con cierto desdén.

Eran las ocho.

Joan Ramis (texto) + Peti Collage (imagen gráfica)
Proyecto conjunto: Fliten (blog recomendado)

Madrid, España

© 2020 (días de confinamiento)

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