# 34 (Flavia Santos)

Unos suaves rayos de sol se cuelan por la contraventana e inciden en su pálido rostro.
Se despierta.
Se queda así unos minutos más, sin moverse, con los ojos abiertos. Pensando.

El del tercero comienza su rutina; hoy, otra vez Para Elisa.
El sonido de las teclas del piano retumba en la columna vertebral del viejo edificio, se expande, atraviesa los muros e inunda cada rincón. No hay quién se libre, pero al menos, el chico cada vez lo hace mejor.

Otra noche de insomnio; a duras penas se levanta y abre la ventana, la luz le ciega y el aire fresco le saca una inesperada sonrisa. Parece que va a ser un buen día.

Huele a café y tostadas.

 

Y a algo más… Huele al pueblo.

Tocaría reunión familiar en casa de los abuelos.
Los sibaritas de ciudad aterrizarían con su agitación habitual, ahogando la paz natural del lugar. Unas cuantas risas y conversaciones intrascendentes. Todo va estupendamente.
Tras la comilona, por cortesía de la abuela por supuesto, darían paso a las discusiones de sobremesa, que se irían calentando hasta que el niño acabe recibiendo por no estarse quieto.
Y todavía quedarían 3 días.

Quizás, la próxima reunión familiar no sea así.

 

O tal vez sí.

Ahora mismo, todo lo ve diferente.
Pero, también es verdad, que todo depende del prisma con que se mire.
¿Se le olvidará? ¿Volverá todo a ser como antes?

La vecina de enfrente abre la ventana para dejar salir el humo de lo que quiera que esté cocinando. Ataviada con un simpático delantal y cuchara de palo en mano, remueve en la cazuela.
Se gira y la mira. La saluda con la cabeza.

Sus tripas le recuerdan que es hora de desayunar. Lo primero es lo primero, luego ya tendrá tiempo de pensar en cómo convertir un día más, en uno peculiar.

Flavia Santos (foto + texto)
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