# 2 - Una calle de más

(Raúl San Julián)

 

PRÓLOGO

Roberto miró el botón del ascensor con cierto desaire.

 

Pensó en sus vecinos detenidamente:

decrépitos, grises, egoístas.

Alguno seguro que está contagiado.

 

A Roberto le dio asco apretarlo. Descubrió su meñique y pulsó con él, como si le estuviera condenando a muerte.

 

Es el más inútil de los cinco. Si tiene que caer uno, que sea él, pensó.

 

Cuando se cerraron las puertas, Roberto se preguntó cuándo volvería a bajar a la calle.

CAPÍTULO I

La televisión llevaba puesta muchas horas. Roberto había comido (fideos chinos al pollo pulverizado) con cierta dignidad mientras veía las noticias. Después, sin ningún pudor, se había ido quedando dormido allí mismo.

 

Le despertó una tos al otro lado de la pared. Luis. Perfecto. 80 años repartiendo caramelos a los niños y siendo el campeón de la petanca en el barrio. Pues nada. Al hoyo. Ley de vida.

 

Roberto salió del salón, y se calentó en el microondas el poco café que quedaba del desayuno. En la entrada a la terracita de 3 metros cuadrados, se hizo un cigarro de liar y salió.

 

Aire fresco. Azul cielo.

 

Respiró como si se llevará años encerrado. Se encendió el cigarro mirando a las calles vacías. De vez en cuando un coche a lo lejos. Dos señores de mediana edad caminando con un carrito de la compra debajo de él. Potenciales.

Cuando sus ojos se levantaron del suelo descubrió a una mujer en el bloque de enfrente que le miraba.

 

Como él, vivía en el tercero. Y como él, fumaba.

Estaba a unos 30 metros. Le sonaba de vista, claro, pero nunca había reparado en ella. Era algo mayor que él. Posiblemente 45. Llevaba un pañuelo en la cabeza, el pelo ensortijado rojizo y un vestido azul bastante hippie. No estaba nada mal, pensó. Ambos cruzaron las miradas durante unos segundos. La calle se achicó unos metros. 

Un helicóptero empezó a zumbar allá arriba. Roberto miró al cielo y vio el pajarito allí. Azul, oscuro, vigilante. A salvo de nosotros, cabrones. Cuando bajó la vista, su vecina del pelo rojizo ya no estaba.

 

Roberto aplastó frustrado su cigarro en una maceta y salió de la terraza. El helicóptero zumbaba cada vez más fuerte allá fuera.


CAPÍTULO III

 

21:56 h de la noche. Un estallido de aplausos empezó a recorrer las calles. Roberto se levantó a mirar. Aún no es la hora, joder. 


Roberto cerró la pantalla, sacó su tabaco de liar y salió a la terraza. Se unió al aplauso tímidamente y miró con curiosidad al vecindario. La gente, igual que él, aplaudía con timidez, con los ojos más en los otros balcones que en sus propias manos. Roberto se encendió el cigarro y lo dejó colgando entre sus labios. Necesito las manos para aplaudir. La vecina del pelo rojizo estaba ahí. Se miraron, furtivos, casi adolescentes. Roberto sin darse cuenta arqueó las cejas para saludarla. Ella hizo lo mismo y sonrió. A Roberto le llegó una bocanada de aire al cuello. Ahora va vestida de rojo, sin pañuelo. Parece más joven, pensó. Lleva varias pulseras y aplaude con fuerza. Ambos parecen aplaudirse. Él incrementa también la fuerza de palmada. Cuando se quiere dar cuenta, la gente ha dejado de aplaudir. Ella le mira y vuelve a sonreír. Se da la vuelta y se mete en casa. Roberto sigue fumando y mira a la calle. Varias ventanas y persianas se vuelven a bajar. Los cinco minutos de humanidad han terminado. Cada uno a su cueva. Las volutas de humo se elevan pesadas por el aire enrarecido de una noche caliente de marzo. Roberto sale de la terraza y vuelve a su ordenador.

CAPÍTULO IV

 

No pudo dejar de pensar en ella durante la siguiente hora. Le había sonreído. Y en ese gesto había una complicidad que le había dejado sin aliento. Roberto apagó la luz de su cuarto y subió su persiana lentamente un par de palmos. Desde ahí podía ver la ventana de su vecina. 


Al otro lado, la persiana a la mitad y la luz encendida. Roberto la contempló un minuto en silencio y con expresión de ninja. Al cabo de un rato pensó que era un depravado y justo cuando iba a levantarse, a unos 30 metros, al otro lado de la calle, dentro de ese cubículo iluminado de su vecina la del pelo rojizo, aparecieron unas piernas con mallas grises. Se detuvieron junto a la cama. Desde arriba unas manos aparecen en plano y se bajan las mallas. Unas piernas estupendas quedan al aire. Las braguitas, color granate, se sostienen con gracia en sus caderas. La vecina del pelo rojizo y las braguitas granate abre un armario y saca algo que parece ropa blanca. Acto seguido la luz se apaga. Roberto respira. 


Sonríe y se da cuenta de que se ha excitado. Camina descalzo a la cocina. Coge un vaso de agua y un par de servilletas. Apaga la luz de la cocina. La casa queda a oscuras. Él no.

CAPÍTULO V

 

Roberto vagabundeó por la casa como un fantasma. Se sentó por fin en la mesa a trabajar todavía con el pijama puesto. De vez en cuando se levantó a la cocina para echarse más café. Posiblemente en tres horas, siete viajes.


Al mediodía Roberto quería hacerse el puto harakiri.

 

De vez en cuando lee algunas conversaciones por wasap, ve algún video gracioso y ojea la prensa. Por todos lados el tono es el mismo. Más contagios, más muertos, más restricciones. Roberto suspiró cansado. Siente su corazón agitado. Mierda. Tengo que tomar menos café.

 

De pronto una música caribeña llegó a su oído desde la calle. Roberto se levantó curioso, taza en mano, y salió a la terraza. Enfrente, la vecina del pelo rojizo y las bragas granate tiende unas sábanas en su terracita. Parece bailar al son de una música que sale de un transistor antiguo. Roberto sonríe y se hace un cigarro.

 

La contempla midiendo su figura, imaginando que está allí, con ella, bailando piel con piel. ¿Llevará las mismas bragas? Nota cómo sus pechos se mueven al compás de la música, como dos flanes bien grandes. No lleva sujetador, es evidente. Roberto agudiza la mirada apurando el cigarro mientras la música nubla todo lo demás.

 

La vecina se gira por un instante y se encuentra con los ojos abiertos de Roberto. Él levanta el pulgar y asiente con la cabeza. Ella sonríe y se tapa la cara con algo de vergüenza. Roberto suelta una risa que ella escucha a pesar de sus 30 metros de separación.

 

Roberto empieza a aplaudirla. Ella saluda teatralmente agachando la cabeza. Sonríen juntos unos segundos. Ella mueve la mano para despedirse y su cuerpo desaparece por la puerta. La calle vuelve a separarles. 50 metros más.


La música sigue sonando en su cabeza.

 

Roberto se queda allí por si llega un bis.

CAPÍTULO VI
 

La luz de la tarde iba anaranjando todo. Roberto salió con una taza de café en la mano. Cara de siesta. Camisa arrugada blanca. Al otro lado, un par de vecinos toman el sol sentados en sus sillas. Su vecina, la bailarina, no está. Roberto se sienta y mira hacia la calle.

 

Allá abajo, en la acera, un joven pasea con su perrito. Roberto les sigue con la mirada. ¿Por qué nunca le habían gustado los perros? Parecen tontos. Además, los perros deben correr por el campo y perseguir zorros. No pasear por la ciudad y dejarla como Verdún.

 

Los gatos son más interesantes. Quizás se parezcan demasiado a mí. Ya tuve suficiente hace años con los gatos de mi ex. Pero a la hora de elegir…

 

De pronto, la puerta de la terraza de su vecina se abre. Las mascotas de todo el mundo se hunden en la niebla. 

 

La vecina de la música,

la del pelo rojizo,

la de las bragas granate,

sale a saludar la tarde.

 

Roberto se tensa y le lanza las pupilas buscando que sienta el poder de su mirada y se gire hacia él. Nada. Ella se coloca en su tumbona y se pone a leer buscando que el sol le manche un poquito la piel. Mmmm. Estar ahí. Encima o debajo. Al sol. Juntos.

 

Roberto sonríe, deja la taza de café en el suelo y sale de la terraza con cierta prisa.

 

A los pocos minutos vuelve con un altavoz bluetooh, y una camisa de flores roja. Se sienta como si nada, conecta el móvil al altavoz y de pronto en la calle empieza a sonar Antonio Machín.
 

Varios vecinos mayores se giran hacía Roberto y le saludan sorprendidos. Una pareja joven pone cara rara y se meten en casa.

 

Su vecina.

 

La vecina.

 

Se gira y sonríe hacia él. Roberto la saluda moviendo la cabeza al ritmo de la música desde su terraza.  La vecina levanta el pulgar y despliega su mejor sonrisa.

 

Ella vuelve a leer con un musgo risueño en su boca.

 

Él se fuma su cigarro y sonríe.

 

Le gusta.

 

Me gusta.

 

¿Y ahora qué?

(...)

Raúl San Julián (texto)

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