# 18 (Vicente De Ramos)

Todas las mañanas a las 09:28, empieza a dar el Sol en mi balcón, en el 22 de Calle Laurel.

Todas esas mañanas salgo con el café, y en un pequeño taburete de madera me siento a disfrutar de ese momento, mientras canciones homólogas al estado de ánimo con el que haya amanecido, suenan, en aleatorio, desde el interior.

No es hasta las 09:43 que Ella sale a su balcón en la acera de enfrente, justo también cuando el Sol alumbra sus barrotes en el número 19 de la misma calle.

No la conozco de nada. Es más, nunca la he visto. Tal vez en la inercia de idas y venidas, nos hayamos cruzado por nuestra calle sin siquiera vernos.

Pero aquí estamos ahora. Desde hace semanas, puntuales cada mañana.

Lleva siempre un pijama de esos que sabes, con sólo verlos, que son como el abrazo de una nube. Su pelo: largo, color del trigo, y alborotado; como si cada noche pelease en dura batalla con la cama, y fuese esa melena, el premio de la victoria. Sonríe con arrugas en los ojos por lo que son sinceras, y apenas distingo el color de sus ojos en la distancia que nos separa.

Desde hace un tiempo, mis listas de música son cada vez menos grises. La fuerza del hábito ha instaurado un pequeño rito, y espero impaciente el momento en el que ella abre el ventanal, se apoya, me mira y, sonriendo, levanta la taza.

Hola me dicen sus labios sin llegar a pronunciar un sonido.

Yo, torpe, respondo con el mismo gesto y agito mi mano al aire. Luego, con la música de mi cuarto, nos tomamos un café al Sol.

Mañana seremos dos extraños de nuevo, y no sabré tu nombre; y pasarán igual los días; y nadie más saludará desde 19 al 22.

Pero habré ganado el color del trigo, y los cafés desde el balcón.

Vicente de Ramos (texto)

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