# 17 (Vibha DM)

Mientras tanto, el primer día de confinamiento se entremezcla con el día veinte, así sin darnos cuenta. El bajo a tirar la basura ya no es suficiente para contentar nuestras almas ansiosas por inhalar el aire que nos rodea. Salir a comprar se ha convertido en un acontecimiento que celebrar. Cómo han cambiado las cosas en tan solo veinte días. Las economías han parado, el mundo tiene miedo, y los sabios se mueren. Qué oportuno este virus que paraliza a los que no importamos. Necesario, quizás, pero injusto igualmente. Todos nuestros planes, aplazados durante al menos seis meses o un año.

Nos creamos rutinas, hacemos más ejercicio para compensar lo poco que caminamos, leemos porque ahora tenemos tiempo, vemos las películas y las series que apuntábamos en una lista, llamamos a nuestros amigos, familiares e incluso a exparejas, no para saber cómo están ellos, sino porque estamos faltos de cariño. Oyes a los niños gritar que ya no aguantan más, que se aburren y que quieren salir de casa. Te entran ganas de gritar con ellos. Tú tampoco lo aguantas.

El mundo se estaba volviendo demasiado corrupto, macabro, codicioso… Alguien pulsó el reset que todos buscábamos, pero no sabíamos dónde encontrarlo. Nada volverá a ser lo mismo. No debería. Las cosas tenían que cambiar y están cambiando. Aun así, los ricos siguen siendo ricos, y la clase media seguimos luchando. Eso quizás jamás cambie, tampoco hay que ser ilusos.

Cambio de habitación cada pocas horas para sentir que me muevo. Trabajo en un sitio, hablo en otro, como en otro y hago actividades culturales en otro. ¿Qué sería de nosotros sin la cultura y sin la industria del entretenimiento? Me dedico a ese sector y me motivan todas esas cosas tan geniales que mis compañeros han creado. Quiero aprovechar este tiempo para conseguir triunfar y crear historias propias. ¿Pero cómo? Desde casa es difícil.

Entonces miro por la ventana. Bendita ventana. Todas mis ventanas dan a edificios llenos de personas, llenas de historias. Las observo todas. Una a una. Muchos pasean por sus balcones, otros corren por sus terrazas. Algunos tienen proyectores o televisores enormes. Otros viven en pareja, algunos con amigos. Parece que todos se lo pasan bien, mejor que yo. Pero la realidad es bien distinta. Es jodido estar encerrado en contra de tu voluntad. Es jodido ver cómo tus planes de futuro se paran, como tu vida se detiene y tus expectativas se esfuman entre las demás ambiciones de la gente. Casi puedo ver los sueños de todos mis vecinos volar al cielo en globos. Me alimento de los aplausos de agradecimiento diario. Ese momento de gratitud colectiva me reconforta porque me recuerda que no estoy sola, que en esto estamos todos y que el calor humano no se ha extinguido.

Me imagino cómo aquella pareja que se iba a casar tiene que reorganizarlo todo de nuevo para el año que viene. Veo aquel joven que por fin iba a dejar su trabajo para dedicarse a lo que quería, pero tiene que replanteárselo porque después del cierre viene la crisis. Aquella chica que por fin consiguió el trabajo que le permitía mudarse a la ciudad de sus sueños tiene que aceptar que literalmente todo el mundo estamos igual y su pena se la tiene que callar. Esa otra pareja que por fin están relajados y tienen tiempo de estar juntos para intentar tener hijos. Está la familia que jamás comían juntos, ahora lo hacen dos veces al día, todos los días. Aquellos amigos que solo quedaban para bromear y tomar birras ahora están cocinando juntos, jugando y hablando de sus vidas y planes de futuro. También veo una residencia de ancianos que antes se pasaban el día mirando por la ventana esperando a ver a esos hijos demasiado ocupados como para visitarles, ahora hablan con ellos varias veces al día a través de tabletas y teléfonos. Me encanta esa familia que juega con sus hijos y les da clases de manualidades e historia juntos. Y ese grupo de amigos que cada día toma el vermut en la terraza y hablan del mundo disfrazados de distintos personajes históricos.

La gente se ha vuelto más solidaria, pero a distancia. Antes, cuando estábamos juntos estábamos pendientes del móvil, ahora estamos juntos a través del móvil. Desde mi ventana veo todas esas ventanas y me da esperanza. Saldremos de esta, eso está claro. Pero no podemos volver atrás. Este tiempo muerto tenemos que aprovecharlo para meditar más, aprender más, amar más, y no decaer. ¿Cuántas veces en la vida de uno se le permite el lujo de parar y recalibrar sin perder el tiempo? Estamos TODO EL MUNDO igual. Nadie está avanzando. Quizás en vez de hacer lo que se supone que tenemos que hacer, esta situación nos permite, por fin, hacer lo que queremos hacer.

Tengamos paciencia, seamos buenos, aprovechemos el tiempo, y lo demás estará allí cuando todo esto pase para que lo tomemos con más ganas, o lo dejemos si vemos que sobra. Mientras tanto, miraré por la ventana y me perderé en sus historias.

Vibha DM (foto + texto)

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