# 12

Hablando de balcones...

Introducción

En un primer momento pensé escribir un cuento corto inspirado en el tema de balcones. Después de reflexionar un poco, veía que en realidad el Balcón ha dado lugar a bastantes episodios curiosos a lo largo de mi vida. Quizá valga la pena contar algunos de ellos estos días de confinamiento a través del tecleo en el ordenador, asomándome al pasado para escapar un rato del presente.
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Hace unas décadas vivía durante tres años en Barcelona, una ciudad bella, cosmopolita y dinámica. Me alojaba en varios pisitos o habitaciones en el centro. Casi todos gozaban de esas pequeñas salidas al aire, sus balcones, algunos muy bonitos.

Recuerdo particularmente mi paso breve por una habitación bastante grande (con cocinilla incorporada), adecuada para mis necesidades a corto plazo.  El bloque grande se encontraba en una callejuela de cuyo nombre no quiero acordarme. Ese plazo se acortó todavía mas cuando unos días después de instalarme, hubo un ligero toque de nudillos en mi puerta y, sin darme tiempo de preguntar ¿Quién es?, se abrió la puerta. Entró la propietaria llevando un montón de sábanas recién lavadas. Con una sonrisa y un breve Buenos días pasó a la ventana que daba a un pequeño balcón, diciendo por encima del hombro que era allí donde ella tendía la colada. No podía creérmelo. Terminada su tarea, salió de la habitación sin que yo, todavía estupefacta, supiera cómo reaccionar. Sobra decir que, apenas encontrado un alojamiento donde me aseguraron que mi privacidad sería respetada, dije adiós a la casera intrusa.      
                              
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Uno de los espectáculos mas impresionantes que vi durante mi tiempo en Cataluña era en Sitges un mes de junio el jueves de Corpus Christi. Las calles centrales, cubiertas por alfombras hechas con flores dibujando diseños complicados en infinidad de colores, ya me dejaban asombrada. Arriba, los balcones de los pisos estaban galardonados con mantos y chales también tan coloridos, tan artísticas, que las calles parecían envueltas en un estallido floral. 

Las aceras estaban llenas de espectadores. Cuando pasaba la procesión religiosa encabezada por el sacerdote llevando la Custodia, se añadieron los muchos residentes que asomaron a sus balcones  para compartir esos momentos solemnes y, a la vez, espectaculares desde sus posiciones privilegiadas.
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Cuando llegué a Madrid hace unos cuantos años, ya casada y esperando nuestro primero bebé, alquilamos un piso al norte de la ciudad en un barrio tranquilo.

Ese piso normalito gozaba de un lujo importante: un balcón que, desde el salón, recorría toda la fachada. Era un buen sitio para poner macetas, desde luego, pero mis prioridades eran otras y ya preveía que allí unos piecitos iban a correr y bailar al aire libre. Hasta que se realizó ese sueño tenía que pasar un tiempo. Clara nació al empezar el otoño. 

Cuando ella tenía tres meses, volví a dar unas clases particulares de inglés en los domicilios de los alumnos. Cuando mi marido llegaba a casa por las tardes, yo salía dejándole cuidar de Clara . El verano siguiente, pensaba en dar más clases, esta vez en casa. La niña era muy buena y no se molestaba nunca cuando la dejaba en el balcón en su parque después de la siesta con juguetes y su adorado chupete. Se entretenía despierta durante la hora que duraba la clase. Recuerdo que mi primer alumno en casa era un funcionario muy amable preparando unas oposiciones. Por cierto, aspiraba a ascender en su sector para llegar a ser como su jefe que apenas trabajaba y ganaba mucho. ¡Por lo menos, así me lo dijo!  
 
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Cuatro años mas tarde, el hermanito de Clara, Diego, de unos dos meses, era un testigo inconsciente del pequeño drama que vi desde el balcón con él en brazos. Se trataba de otro niño y otro balcón. 

Cuando hacía buen tiempo, después de desayunar, solía sacar a Diego en brazos al balcón para enseñarle el mundo exterior: el cielo, los pajaritos, abajo un árbol frondoso, los vehículos que pasaba por la calle... Un día un movimiento en la fachada de un bloque en la calle paralela a la nuestra me llamó la atención repentinamente. Sentí un momento de vértigo al darme cuenta de que en un piso de la planta tercera ¡un nene se colgaba de las manos desde la barandilla del balcón con las piernas suspendidas en el aire! Intenté razonar. Sabía que, por mucho que pudiera correr, no llegaría a tiempo, pero tenía que hacer algo. Entonces fui a toda prisa a llamar a la puerta del piso enfrente del nuestro para contar a alguien allí lo que estaba pasando. Solo estaba la hija mayor, una adolescente, que se esforzaba en entender lo que yo, nerviosa, llorosa, balbuceaba. Le pedí pasar a nuestro balcón para ver desde allí si el nene seguía en su sitio tan precario. 

Estaba todavía allí. Quedamos las dos sin respirar unos segundos hasta percatar que por la acera debajo del bloque venía andando un chico joven. Era evidente que no había visto al niño. De repente, se levantó la cabeza y fue corriendo para posicionarse debajo del niño. Ha debido gritarle para que se soltase. En un minuto lo vimos caer encima del joven y terminar los dos tendidos en la acera. Se acercaron aprisa unas personas que pasaban en ese momento. Casi en seguida llegó una ambulancia. Diego, todavía en mis brazos, parecía ajeno a todo en su pasividad infantil, aunque tenía los ojos como platos. Sin duda le llegaban los pálpitos exagerados de mi corazón. Luego calculé que todo el drama habría ocurrido en unos tres o cuatro minutos. El niño resultó totalmente ileso. Su madre se había ausentado de casa un ratito dejando el niño solo porque siempre dormía como un tronco a esas horas. El joven sufrió bastantes contusiones y, más importante, un trauma que le afectó durante algún tiempo. Al héroe de ese día no le salió gratis su valentía.
 
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Nuestro balcón también era el escenario doméstico en que sacamos fotos y grabamos cintas en una cámara Super 8 incombustible de segunda mano. La usábamos sobre todo cuando venían mis dos hermanas y mi hermano de Inglaterra para conocer a sus primeros sobrinos. Quedan impecables esos entrañables recuerdos. Dan testimonio de aquellos tiempos en que los padres no pueden ver un horizonte en que los peques serían tan grandes que ya no cabrían todas las piernas debajo de la mesa a la hora de comer.
 
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Ocho años después de llegar a Madrid, nos mudamos al piso que habíamos comprado sobre el papel en otro barrio también al norte de la ciudad. El bloque era de solo dos plantas con veinte viviendas. Una de sus ventajas era que estaba prohibido levantar edificios más altos en ese barrio. Otra era la vista desde el balcón. Daba al huerto y jardín espaciosos del seminario de los Paules y el campo de futbol de su colegio. Mas allá el campo estaba abierto hasta una carretera principal y ya en el horizonte las colinas que todavía escondían los edificios de otro barrio.
 
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El balcón en sí no era lo bastante grande para usar más que para poner macetas. Lo poblaba con geranios, muchos regalados por mi suegra aragonesa. Cuando le daba el sol directamente, también se podía secar la colada discretamente ocultada detrás de la barandilla. No estaba permitido sacar sábanas a secar para no estropear la estética de la fachada. 

Bueno, entre los vecinos, hubo una rebelde que no tenía empacho en sacar sus sábanas al sol cuando le apetecía. Se llamaba Begoña, pero entre nosotros la apodamos la Vigilanta de la Playa.  No es que tuviera precisamente el aspecto de una rubia sexy salida de la serie en TV entonces. Es que su balcón no solo le servía de tendedero sino desde allí se dedicaba a seguir los movimientos de sus vecinos, sin la menor vergüenza. Si la encontrabas por la calle, su curiosidad la impulsaba a hacerte todo tipo de preguntas indiscretas que, con la práctica, aprendiste a torear con mentiras a medias o simplemente cambiando de tema y terminando la conversación cuanto antes.
 
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Ella y su marido, Ceferino, tenían una hija un poco mayor que la nuestra, que se llamaba Jimena, y un hijo, Ricardo. Su hija bajaba a la calle donde Clara y Diego jugaban con vecinitos de sus edades. Desde los balcones los padres y madres podían vigilar a los mas pequeños. A raíz de esos juegos nos dimos cuenta de que Jimena era una niña con limitaciones intelectuales. A pesar de la irritación que nos producían los hábitos intrusivos de Begoña, las críticas entre nosotras eran más bien graciosas que otra cosa.
 
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Cuando decidimos instalar aire acondicionado, nos dijeron que estaba prohibido tener el módulo exterior en la pared. Tenía que ir en el suelo. Esto iba a suponer un problema cuando Mateo, todavía bebé, aprendiera a andar, porque también sabría montar encima del aparato. La Comunidad de Vecinos rechazó mi idea de instalar encima de la barandilla existente otra más alta, como había en los bloques alrededor, que impediría que el niño pudiera saltar o caer a la calle. Es verdad que en nuestro bloque había dos niños de corta edad cuyos sus padres no habían solicitado para ellos lo que yo quería para el mío.

Así siempre procurábamos tener cerradas las ventanas del salón cuando Mateo estaba aprendiendo a andar, pero el cierre de una no siempre funcionaba bien. Un día de verano, Diego me viene donde estaba en la cocina para informarme muy serenamente: Mateo se había subido el aparato del aire y lo he bajado. Mi cabeza daba vueltas. Apareció el valiente escalador, totalmente inconsciente de la importancia de su hazaña y muy sorprendido cuando cogí a él y a su hermano, sofocando los dos en mis brazos.
 
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El tiempo pasaba inexorablemente y llegó a realizarse lo que se anunciaba en un cartel colocado en la pared enfrente mucho antes del día en que tomamos posesión del piso. Podíamos leerlo desde nuestro balcón: Este terreno está reservado para la construcción de un centro de salud de la Seguridad Social. Se refería al jardín y huerto de Los Paules. Un día el cartel desapareció y las obras empezaron.

Fue una mala noticia para nosotros. Ya podíamos anticipar la pérdida de nuestra vista, todavía bonita, aunque el desarrollo gradual de ese barrio antes tan lejano había cubierto las verdes colinas con numerosas urbanizaciones. Otras pérdidas se avecinaban: la tranquilidad de nuestra pequeña calle donde nunca más podrían jugar niños sin el menor peligro y de una cierta privacidad que iba a ser reemplazada por el bullicio del gran número de pacientes y profesionales acudiendo al Centro de Salud. Después de unos dos años aguantando las molestias de la construcción, el ruido diario y la suciedad, vimos el día en que se abrió al público. Yo lo sentía por muchos de los enfermos que tenían que subir una cuesta notoria, muy empinada, para llegar a la entrada justo en frente de nuestro portal. Apenas salíamos al balcón y ya no podíamos tener abiertas las cortinas del salón ¡porque desde unas salas de espera los pacientes veían perfectamente dentro del piso!
 
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Llegaron también grandes cambios en nuestra familia, como en todas cuando los hijos mayores se van haciendo adultos. Clara quería independizarse y le ofrecimos alquilar nuestro piso cuando hubiéramos encontrado otro para nosotros y sus hermanos. A Clara el plan le ilusionaba mucho, sobre todo porque su lugar de trabajo quedaba muy cerca y podía ir andando. Nosotros nos mudamos a otro barrio, también al norte de la ciudad, a un piso de lo cual se había enamorado Antonio. La calle era tranquila, con árboles frondosos a lo largo de las aceras. El bloque tenía un jardín precioso también con árboles variados, arbustos y rosales, además de espacio para los juegos de los niños y césped para el disfrute de los adultos.

Estas tardes de abril abro la ventana del cuarto donde estoy escribiendo para unirme a los aplausos de las 20.00 en apoyo a todos los que se están dedicando a trabajar por los demás. Veo abajo en el jardín el lilo en flor. Puedo respirar su perfume e inhalar el aire limpio y fresco. Bueno, ya se sabe, nada es perfecto:
 
¡ES QUE AQUÍ NO TENEMOS BALCÓN!
 
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Para concluir
 
Me ha sido gratificante colaborar un poquito con este proyecto tan creativo, Ventanas y balcones. Ha servido para distraerme un rato de las tensiones que todos estamos experimentando estas semanas. Así, algo más descansada y esperanzada, vuelvo a afrontar el presente tan desquiciante que nos toca vivir.
Anónima (texto)

Madrid, España

© 2020 (días de confinamiento)

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