# 11 - Un regalo

Esta es la historia de Oli, un muchacho que vivía en una aldea más allá de los valles amarillentos y los montes nevados. Sus ojos eran grandes y curiosos, repletos de ganas de aprender, aunque no podía ir a la escuela tanto como le gustaría. En casa tenía que ayudar a su familia, que trabajaba duramente entre sacos de harina y latas de conservas.

Una mañana, mientras iba camino de sus tareas, se fijó en una ventana con reflejos verdosos. Oli pensó que había madrugado suficiente como para poder hacer una parada, así que se dirigió hacia ella. De un salto, ayudado por sus manos de trapecista y sus piernas de rana, alcanzó el alféizar y observó a través del cristal.

En ese momento, una joven de pelo azulado aparecía dando vueltas como una peonza. La sonrisa de su cara hacía ver que tenía un buen día y sus pies descalzos revoloteaban como si flotasen en el aire. A la izquierda de la mirada de Oli, otra muchacha con los labios anaranjados hablaba entre risas mientras enseñaba un paquete reluciente a su compañera. Oli estaba maravillado por toda la felicidad que inundaba a estas dos mujeres. La primera pegaba un pequeño lazo sacado de su melena celeste sobre la caja de papel florido. Ahí él comprobó que lo que estaban preparando era un regalo.

Oli no podía controlar su emoción. Necesitaba saber qué había dentro de esa sorpresa. Además, quería aportar su pequeño granito de arena. Así formaría parte de lo que, seguro, iba a convertirse en una alegría enorme en algún rincón. Oli siempre ha sido un chico generoso y dispuesto a arrancarle una sonrisa a cualquiera que se cruce en su vida.

Con todas sus ganas, salió corriendo a ser el tercero en el equipo de festejos… Pero, de pronto, su madre apareció detrás de él, interrumpiendo su carrera y con un rostro de roca de mármol. Oli miró a su madre, respirando para encontrar las palabras que necesitaba para explicar que iba a formar parte de un momento seguramente especial. Glen, que conocía bien a su hijo y sabía cómo se movían las manecillas de su corazón, se agachó para ponerse a la altura de su cara inocente. Oli encontró en su mirada la severidad del hielo, primero… Pero atravesó esta fría capa para tropezar con una preocupación que tiritaba… Hasta que, finalmente, entendió el amor que traía esa palabra que ella debía pronunciar:

- No.

 

- ¿El qué no, madre?

 

- No puedes.

 

- ¿El qué no puedo, madre?

 

(Pausa)

 

- Salir fuera…

Anónimo (texto)

Madrid, España

© 2020 (días de confinamiento)

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